lunes, 25 de enero de 2016

COLEGIO SAGRADO CORAZÓN

Ingresé al colegio en 1952 y mi primer maestro fue el Hno. José María (Pedro Sebastián Herrlein † 12/11/2015) Era la primera vez que me encontraba en un aula con 25/30 alumnos, lo que para mí fue una tortura. Nunca pude adaptarme plenamente al ambiente escolar de este colegio, y aunque me hice de muchos amigos, nunca de una amistad estable y sincera, como las que tenía en mi barrio. Las pocas simpatías que coseché en el colegio fueron las de algunos alumnos pupilos; tal vez en ellos encontré esa afinidad barrial, o como se dice ahora, con “buena onda” como las que tenía con los chicos de mi barrio. Algunos me decían que sus padres los habían mandado al colegio de los curas para que los pusieran “en vereda”, lo que equivalía a un castigo. Una noción absurda, pero muy mentada en aquellos tiempos. “Los curas te van a poner en vereda”. ¡Qué maravilla! ¡Con este concepto se  diría que los curas hacían milagros!

CONFIRMACIÓN

Fue entre 1953/54, cuando el Obispo de Rosario [1] vino a nuestra ciudad para las confirmaciones. Cabe acotar que en aquellos años, los obispos recorrían la diócesis cada 10 años (o más), lo que originaba una tracalada de gente en lista de espera y de edades muy dispares para confirmarse. La ceremonia se realizó durante varios días, asignándoles una fecha y hora determinada a cada capilla y a los colegios confesionales. Como la ceremonia debía hacerse con celeridad, dado la cantidad de aspirantes, teníamos que elegir un padrino que ya estuviera confirmado, lo que era difícil de conseguir. Por ese motivo un confirmado de la primera tanda estaba habilitado para ser el padrino de la segunda y así sucesivamente.

Yo elegí como padrino a mi compañero de banco Miguel Ángel Pirchio, que se había confirmado un mes antes en Rosario. Miguel era un gordo de lo más divertido y uno de aquellos que aterrizó en el colegio para su “reeducación”, algo que no se logró porque mi pobre padrino -años más tarde- murió trágicamente baleado por la policía mientras escapaba por los techos. A la vez, yo fui padrino de Héctor Vitelli, lo que había olvidado y  Héctor se encargó de recordármelo.

GOMINA

Siempre tenía problemas con mis pirinchos en el remolino de la cabeza, y en nuestra casa no era usual que hubiera gomina porque “dañaba las raíces del cabello”; si así fuera, el pobre Gardel que murió tan joven, seguramente sería calvo en su vejez. Lo que sí era común usar era un líquido fabricado con aceites vegetales, que llamábamos “brillantina” (Le Sancy, Brancatto, Atkinson y otras marcas de renombre). Uno de mis hermanos compró un frasco muy pequeño de brillantina concentrada, que tenía un olor a perfume muy denso. Se aplicaba tomando un ápice del recipiente y se diluía con agua en la palma de la mano, luego se pasaba por el cabello  para dejarlo brillante al mejor estilo gardeliano.  Una mañana, antes de partir al colegio, tomé una buena dosis de la pasta y me la pasé sin disolverla por los pirinchos. Esa mañana toda la clase se preguntaba quién se había bañado con perfume, porque el aula se había inundado de un pesado aroma dulzón insoportable. Por supuesto, yo permanecí mudo y evité todo comentario. Algo similar había sucedido cuando marchábamos al aula que estaba detrás la cancha de fútbol, y se sentía un terrible olor a mierda. Después supe que uno de los chicos que iba más adelante se había cagado encima cuando no lo dejaron salir de la reunión agrupada de los viernes.

Esas reuniones generales, a las que refiero más adelante, eran un clásico. A veces, por la amplitud del lugar, nos reunían en el comedor de los pupilos para tomarnos prueba de religión. Nos hacían parar en círculo de espaldas a la pared, y el director, o el vice, que era el encargado de medir nuestros conocimientos dogmáticos, nos hacía una pregunta a cada uno, la que debíamos responder sin titubear. Si la respuesta era correcta daba un golpe seco (¡tac!) con la regla sobre el pupitre; si era incorrecta, eran dos golpes seguidos (¡tac, tac!). Siempre fui muy malo para memorizar, pero el catecismo me lo sabía de memoria. Hasta el día de hoy recuerdo una pregunta que para mí era terrorífica: “¿Dios lo ve todo?” Respuesta: “Sí, Dios lo ve todo, aún nuestros pensamientos”. ¡Era terrorífico! El solo hecho de pensar que Dios nos estaba espiando a través de la figura de un triangulo con un tremendo ojo visor,  metía miedo. La novela “1984” de George Orwell [2], es un cuento para niños al lado de este espantoso catecismo. No sé si actualmente contiene esta pregunta dogmática (u otras) de este tenor. Debo suponer que no.

UNA CHICA DE DIVITO

Un día un compañero de la primaria, en plena prueba de matemáticas, se arrima a mi banco y me entrega una hoja con un dibujo de una mina exuberante ligerísima de ropas; me dijo que la había encontrado en un libro que yo le había prestado. Yo me quedé helado, y embroncado porque se me había metido en mi intimidad, le manotee la hoja y rápidamente la guardé en la cartera. Se trataba de una chica de Divito de la revista “Rico Tipo”, que seguramente calqué quitándole algunas prendas. “¡Menos mal que el cura no nos descubrió!”, pensé, al recordar lo que me había pasado con Oscar Natali, cuando me estaba pasando disimuladamente la página de una revista porno y el Hno. Gabriel, al que apodábamos “sifón” por su cara complicada, lo descubrió;  al toque se bajó del pupitre como una tromba para arrebatarle la hoja. Natali, en su desesperación, trató de triturarla, pero el inquisidor no le dio tiempo y se hizo de los trozos de papel arrugados. Esa noche seguramente rearmó la hoja cual si fuera un rompecabezas. El resultado fue una prueba irrefutable para meterle unas cuantas amonestaciones (y de paso deleitarse armando la charada en soledad).

LOS MÁS RECORDADOS

Entre los religiosos del colegio había algunos que eran muy brillantes; otros no tanto, aunque eran más queribles. Acá recuerdo a los que en este momento vienen a mi memoria y a quienes trato de evocar de acuerdo a esos recuerdos.
Una cosa que quiero remarcar es que jamás he visto u oído que algún alumno, tanto en la primaria como en la secundaria, haya sido maltratado físicamente por algún maestro o profesor. Lo habitual en aquellos tiempos,  era llamarles la atención a los alumnos de “mal” comportamiento delante del resto del alumnado y a veces, hasta ridiculizarlos y catalogarlos como si fueran lo peor de la especie humana. Debo suponer que en la actualidad estas prácticas ya no existen.
Las “penitencias” que se aplicaban consistían en dar determinadas vueltas alrededor de la cancha de fútbol o la de básquet, todo dependía de la gravedad de la falta cometida, lo que marca que no eran tan severos como en otros institutos privados que se caracterizaban por una disciplina muy estricta.

Lo que sí abundaba era lo que hoy se denomina “bullying escolar”. En ese aspecto las autoridades del colegio hacían la vista gorda, y ayudaban con su propia conducta distraída, a agravar la penuria de algún alumno con alguna rémora intelectual o simplemente por ser de origen humilde. Tengo en mente varios casos a los que no quiero aludir ahora porque no aportaría nada positivo. Esta práctica, me consta, todavía existía en este colegio durante los años 1976/1988, conducta que era incentivada por algunas maestras de la sección primaria.

Hno. DAVID

El Hno. David era Contador Público Nacional. Tenía en su haber doctorados en Ciencias Económicas y Filosofía y Letras. Sin dudas: un bocho. Pero así como era de inteligente, también era jodido. No sé qué lugar ocupaba en el rango de la congregación, pero en el colegio fue subdirector durante el rectorado del Hno. Donato Rasquín, un vasco más jodido que David.

David era el hombre orquesta, estaba en todas. A veces tenía sentido del humor, siempre y cuando no se le diera vuelta la carretilla, porque se volvía muy hinchapelotas. Además de ejercer la subdirección, dirigía la banda de música, daba clases de matemáticas, contabilidad y filosofía. Conducía todos los actos protocolares y era la voz oficial en los eventos religiosos, como las procesiones. Tenía una adicción desenfrenada por el micrófono. Cazaba el fierrito donde fuera y le daba a la matraca: una verdadera máquina de decir huevadas. Un día, frente a la parroquia, se estaba por iniciar la procesión del 8 de diciembre, y un perro callejero comenzó a bramar desaforadamente; David se infló las guindas y no aguantó más; por el micrófono conminó al dueño del can (a quién no podía divisar de entre la gente) que lo hiciera callar, sin saber que el pobre animal estaba siendo torturado por un señor con piernas ortopédicas, que por falta de tacto, no sabía que le estaba pisando la cola. Fue un momento muy divertido que sacó de cause al animador y le quitó solemnidad al inicio de la marcha religiosa. Luego todo volvió a la normalidad, aunque costó bastante encarrilar a los alumnos que aprovecharon la volada para hacer de las suyas.

Todos los viernes por la tarde David nos reunía en un salón para evaluar las notas que cada uno habíamos obtenido durante la semana.  Entonces agarraba la manija y comenzaba a pedorrear a todo el mundo; alumnos y maestros, sin distinción, eran cepillados. El que tenía una nota baja, era escrachado delante de todo el alumnado. Algo realmente reprobable. A un alumno de sexto grado (que era entonces el último grado de la primaria y considerados los “grandotes” de la división) lo reprendió porque había sacado una nota baja y aprovechó la ocasión para reprocharle que “había hecho llorar a su madre”. El pobre tipo, que estaba de pie, rojo como trasero de mono y ante la mirada del sabalaje, no sabía dónde meterse. Seguramente la madre de este pibe (que era extremadamente católica) había ido a presentar sus quejas al colegio por el mal comportamiento de su hijo y este bolas no tuvo mejor idea que bocinar delante de toda la primaria, una interna familiar que nada tenía que ver con la reunión evaluativa. (Pregunto: ¿Quién no ha hecho llorar a su madre alguna vez?) Esta era una constante con quienes tenían notas bajas y por el otro lado, llenaba de halagos  a los que lograban un sobresaliente, que eran generalmente hijos de médicos, hacendados o funcionarios públicos. En ese aspecto los gaitas la tenían clara. Halagos para algunos, defenestraciones para otros, de acuerdo al rango social.  Sabían muy bien adónde apuntar y aplicar los consejos del Martín Fierro, “hacéte amigo del juez… pues siempre es güeno tener un palenque ande ir a rascarse”.

Cuando David se ponía a dar cátedra de catequesis era una joda, porque mientras lo hacía nos pedorreaba, siempre machacando sobre los “deseos desordenados”, que eran la riqueza, la lujuria, el goce, la diversión, estaba todo prohibido, incluso vestir ropas a la moda era considerado inmoral. Por eso decía que Jesús había usado la misma túnica durante toda su vida. Afirmaba que la túnica había crecido con él y no se la había cambiado en 33 años. Decía estas bobadas, sabiendo perfectamente que era un fenomenal verso infantil y nos daba pie para plantearle -de ex profeso- a los maestros de religión: ¿Cómo era posible que los soldados romanos se disputaran una túnica usada durante 33 años? ¡Debió haber tenido un pestilente olor a segundo tiempo! Los pobres maestros no tenían argumentos para salvar las macanas de David y se reían con nosotros. Claro que nosotros no éramos muy vivos. Éramos bastante pelotudos.

Siempre andaba armando “cuadros vivos” para las fiestas patrias y la velada de fin de año. Quienes integrábamos el coro, éramos espectadores de todos los entretelones de los ensayos y nos divertíamos viendo a los personajes moverse de un lado a otro con frenesí, cual si estuvieran montando una obra en el Colón. El coro cantaba detrás de bambalinas, y René Longobardi -asistente de David- leía en off un laaargo y meloso monólogo que él mismo redactaba y que hacía referencia al cuadro que se representaba. Verlo a David embroncado cuando algo no salía como él pretendía, era para alquilar balcones. Se le salía la gallegada de adentro y parecía tener unas ganas locas de putear, lo que tal vez hacía para sus adentros. 

A David lo apasionaban estas puestas en escena, pero cada tanto aparecía el plomazo de Donato para bocharle algo que “no le gustaba”, una manía que tenía el petiso de encontrar algún defecto en todo lo que hacían los demás.

Para armar estas representaciones artísticas, David optaba por una fábula, un cuento, o un capítulo bíblico y armaba secuencias en que los actores no tenían que dialogar, sino simplemente hacer mímica mientras el locutor recitaba un texto que era acompañado con fondo musical.  Una vez armó el “Coro Avanti” con los mayores del secundario y fue una idea muy divertida. Antes de comenzar su actuación, y mientras los coreutas afinaban sus voces, se originaban gags que alteraban la paciencia del director. Lograda la armonización, comenzaba el espectáculo. Finalmente fueron ovacionados por la concurrencia. Salvando las distancias, tanto por el tiempo transcurrido como por la profesionalidad de los actores, era algo similar a lo que hoy representan los “Le Luthiers”. Me dirán que exagero, pero cada vez que veo a este conjunto me acuerdo del “Coro Avanti” del Hno. David.

Durante el gobierno de Perón, allá por junio del 55, metieron en cana a varios curas; entre ellos a David, y según versiones, aquella noche de calabozo nadie pudo dormir, excepto David que lo hacía plácidamente y roncaba como un oso.  

Así era el Hno. David, un loco lindo que no cejaba en sus propósitos. Siempre al frente, no se amilanaba ante nada ni nadie. La tenía bien clara, aunque a veces se le salía la cadena.

El Hno. David falleció en 1974 y sus restos están sepultados en el cementerio de Venado Tuerto.

Hno. RAMIRO

El Hno. Ramiro († 1993) –que con posterioridad pasó a llamarse Pablo- era una persona muy afable, siempre sonriente. Además tenía un aire distinguido, con prestancia.  A mí nunca me dio clase y no tengo registrado que haya ejercido como profesor. Estaba encargado de la contaduría y todo  lo relacionado a las finanzas. Cada tanto me llamaba a su despacho y me entregaba un sobre para la señora María Kehoe viuda de Rourke (hermana de mi tía Brígida) El sobre contenía el efectivo correspondiente a los intereses del dinero que la viuda tenía depositado en el colegio. Sé fehacientemente que cuando comenzó la construcción del colegio, allá por la década del 30, ella fue una de los tantos donantes. Algo muy característico en ella (además de otra gente de buenos ingresos que donaba sumas importantes para solventar la educación e instrucción religiosa a chicos de familias de escasos recursos) Doña María Rourke recibía con dedicatoria el anuario que se editaba a fin de año en reconocimiento a sus aportes. De ella me ocupo en otra sección de este blog.

En ese entonces, y antes de iniciarse las obras de ampliación del actual colegio, los alumnos del secundario dejaban sus bicicletas a largo de la pared que estaba frente a la cancha de básquet.  En ese paredón no había ventanales porque correspondía a las aulas que tenían acceso por el patio interior. Solamente había una pequeña ventanita (como las que tienen las farmacias de turno) por donde Ramiro despachaba los elementos de librería que los alumnos íbamos a comprar.

 Los de la sección primaria (que teníamos clases mañana y tarde) guardábamos las bicicletas sobre el jardín que había sobre calle Lisandro de la Torre. Allí el Hno. Donato supo tener un perro ovejero alemán que hacía de guardián. El jardín (bicicletero) tenía un portillo que estaba cerca de los baños externos. Todos los años se le entregaba una copia de la llave a uno de los alumnos de sexto grado (el último de la primaria de entonces) que concurriera en bicicleta, para que abriera y cerrara el portillo cada vez que fuere necesario. Cuando cursaba el 6º grado fui el depositario de la llave y, junto a un compañero, izábamos y arriábamos la bandera todos los días en el mástil mayor, mientras los alumnos permanecían formados en la cancha de básquet y por el parlante se oían los acordes de “Mi Bandera”.

Volviendo al Hno. Ramiro, recuerdo que entre los alumnos del secundario que iban en bici, estaba Abel Abadía que tenía una bicicleta fantástica. Con palanca de cambio y un montón de chiches de última. En aquellos tiempos era común llenar el cuadro con calcomanías, y Abel tenía un delirio por los calcos de chicas exuberantes y ligeras de ropas, estilo Divito. Un día noté que el Hno. Ramiro estaba observando detenidamente la bici de Abadía. Cuando se retiró, me fui a ver qué era lo que le llamaba la atención. Al instante me encontré con que le había tapado las calcomanías de las chicas con papel adhesivo. Años más tarde le comenté el episodio a Abadía, pero no lo recordaba. Entonces me comentó que le habían robado esa bici y que años más tarde la recuperó. Hoy guarda el cuadro como una reliquia. 

Hno. RUFINO

Al manto de Cristo -según la versión del Hno. David- lo comparábamos con la sotana del Hno. Rufino (alias “el chivo”) porque la higiene no era precisamente su fuerte. Andaba siempre trotando con pasitos cortos de un lado para el otro hablando con el que se le cruzara o simplemente conversando con sí mismo. Siempre se lo veía haciendo trabajos manuales, arreglando una puerta, un banco o lavando alguna mancha en la pared. Era muy querido por el alumnado. 
El Hno. Rufino falleció en 1985 y sus restos están sepultados en el cementerio de Venado Tuerto.

Hno. MANUEL MOLINOS

Manuel era muy carismático. Siendo director del colegio, conducía los actos protocolares y religiosos con mucha solvencia. Fue director entre los años 1949/50. Un día, durante los tradicionales desfiles que se hacían para las fiestas patrias, el anunciador oficial era Ártico Marchetti, socio de Hilmar Long de la legendaria Publicidad San Martín. Marchetti tenía una voz grave bien entrenada para la locución. Ese día estaba anunciando a cada una de las instituciones que pasaban frente al palco oficial, y cuando le tocó el turno al Colegio Sagrado Corazón, Marchetti se trabucó y anunció vacilando: “…seguidamente el Colegio… de los Curas”. Entonces el Hno. Manuel que estaba al pie del palco atento a todo lo que pasaba en derredor, dio media vuelta y le dijo a viva voz: “Por qué no dices de los Frailes, quedaría mejor”. Si bien el exabrupto de Marchetti originó un murmullo de reproche, el inesperado bocadillo del Hno. Manuel fue festejado con aplausos y buen humor. 

Años más tarde por razones laborales fui hasta el colegio;  allí me encontré con Héctor Wagner, un amigo personal y recepcionista del colegio. Apenas entré me dijo: “Vení, seguíme que te voy a presentar a un amigo”; fui tras él hasta el patio interior, donde me encontré con un tipo grandote, gordo y panzón. Acostumbrado a verlo toda mi vida de sotana, a primera vista me pareció que era Don Emiliano García, el lechero. Pero enseguida lo saqué cuando habló y se vino hacia mí para saludarme. Era el Hno. Manuel, sonriente y afable como siempre. Me llamó la atención que memorizara los nombres de mis tres hermanos, ex alumnos del colegio, para luego contarles a los circunstanciales contertulios, de cuando mis viejos llegaban puntualmente a Misa los domingos en el Ford35 con toda la familia.

Así como me pasó con el Hno. Manuel, también me sucedió con otros religiosos a quienes conocí toda mi vida de sotana. Cuando las costumbres cambiaron, ellos se transformaron en “seres normales”, comunes y corrientes, por cuanto la sotana parecía darles un toque de distinción; eran algo así como “intocables”. Felizmente los tiempos han cambiado y las personas también. Sería muy aburrido no evolucionar. 

No obstante, la personalidad del Hno. Manuel seguía siendo campechana. Un personaje inolvidable.
Las “penitencias” que se aplicaban consistían en dar determinadas vueltas alrededor de la cancha de fútbol o la de básquet, todo dependía de la gravedad de la falta cometida, lo que marca que no eran tan severos como en otros institutos privados que se caracterizaban por una disciplina muy estricta.

El Hno. Manuel Molinos falleció en 1990 y sus restos están sepultados en el exterior.

Hno. CIRIACO

Otro cura divertido: el Hno. Ciriaco. Siempre inquieto, diría que era hiperactivo, si cabe el término. Nos daba clases de inglés y música, y como siguiendo la tradición de doña Norah Wade de Basualdo, empalmaba ambas materias y nos hacía cantar “It’s a long, long way to Tipperary” [3]. Un día nos puso a todos alrededor del piano para cantar, y en cuanto le dio los primeros golpes al teclado, el piano no sonaba. Abrió la tapa superior y algún vago había metido un guardapolvo gris de algún pupilo. Sacó el trapo y lo dejó a un lado como si nada hubiera pasado y comenzó a ejecutar música.  Estas cosas a Ciriaco le resbalaban. No les daba importancia; él seguía con su clase, sin dar lugar a que los alumnos capitalizaran la broma para continuar con la jarana. Punto y a otra cosa. ¡Un genio!

A Ciriaco lo volví a ver cuando mis hijos comenzaron a estudiar en el colegio (década del 70/80), y a pesar de haber pasado por muchas intervenciones quirúrgicas severas, el hombre seguía activo y de buen talante. 

El Hno. Ciriaco falleció en 1987 y sus restos descansan en el cementerio de Venado Tuerto.

UN PERSONAJE LOCAL

A Ciriaco lo sucedió en la materia de inglés el Hno. Gabriel, un muchacho de Venado Tuerto de apellido Ronci que trabajaba en el “Frigorífico El Centenario” y que  ingresó a la congregación en la adultez. Recuerdo que tenía una cicatriz en la frente, producto de un accidente, y según se decía quedó medio “tocate un tango”. Solía ir al colegio en horas de la tarde para mantener largas charlas con los hermanos durante los recreos; venía en un Jeep guerrero y con el clásico guardapolvos blanco del frigorífico. Tiempo después ingresó a la congregación.

La diferencia con Ciriaco era que Gabril tenía un conocimiento acotado del idioma Shakesperiano. Solía confundir palabras de similar pronunciación, como: “Jam” (dulce) y “Ham” (jamón). Recuerdo que la palabra “Race” la tradujo como “Raza”, lo cual es correcto si no fuera porque la lección hacía referencia a "carreras de caballos",  no a razas equinas; si así fuera, el texto seguramente emplearía la palabra"breed". Supongo que hoy debe hablar el inglés con mayor fluidez, porque en ese entonces le faltaba mucha práctica, y eso lo digo yo que soy un queso hablando inglés.

Hno. DONATO

Donato daba la impresión de estar siempre enojado. Era una persona de pocas pulgas. De estatura baja, gordito, de cara colorada y anteojos redondos diminutos.  A los curas jovencitos los reprendía sin piedad delante del alumnado. En más de una ocasión me pregunté; “¿Cómo es posible que estos muchachos aguanten a este cabrón?” Si a mí me basureara como a ellos, me hubiese tomado el buque sin pensarlo dos veces. Pero, como en toda congregación religiosa, subsiste el principio de “obediencia vertical”, y los jóvenes acataban al superior sin chistar. Hoy son muy pocos los religiosos que componen la comunidad del Sagrado Corazón, y a simple vista se nota que ya no existe obediencia incondicional; y ni hablar de los sacerdotes diocesanos, que hace rato dejaron de obedecerle a los obispos, conscientes de que esa norma tan estricta los lleva a un callejón sin salida y obstruye su crecimiento tanto espiritual como intelectual.

Sin embargo, aunque Donato tenía un carácter difícil, el colegio bajo su dirección marchaba como un reloj suizo. Organización, disciplina y honestidad, cualidades fundamentales para lograr el éxito de toda empresa.

Aficionado al juego de naipes, en los momentos de ocio se juntaba con quien fuera para jugar una partida de truco o a “La Brisca”, no importaba cuál, pero jugar apasionadamente acompañado por una buena copa (o varias) de coñac añejo.

A los alumnos con problemas de conducta, no dudaba en apodarlos. Había un alumno que hacía renegar permanentemente a los profesores y lo apodó “Mandinga”, sobrenombre del que no pudo desprenderse hasta el día de su muerte. Muy poca gente lo conocía por su apellido, y el día que falleció la emisora local recurrió al apelativo para que la gente lo identificara.

Los discursos del Hno. Donato, además de españolizados, eran  extensos (y densos). Como buen franquista, les daba un tinte político y no ahorraba cumplidos hacia el Presidente Perón, a su esposa y a todo el séquito gobernante. Eran los años de gloria, cuando el peronismo y la jerarquía eclesiástica liderada por Antonio Caggiano, eran un solo corazón. Después que falleció Eva, se terminó el romance.

En esos años el Colegio Sagrado Corazón y el Nacional Juan Bautista Alberdi,  sobresalían del resto de las instituciones educativas, aunque existía una puja entre ambas instituciones. Y en esa rivalidad influenciaban los profesores, especialmente los de Educación Física, a tal punto que en cierta ocasión le dieron vuelta (o intentaron tumbarlo) al autito del Profesor César Villarroya, que si no me equivoco, era un Fiat Topolino 1949/50 color verde.

Durante las fiestas patrias se organizaban los desfiles escolares y el colegio, acompañado por su banda de música, era la gran atracción. Los alumnos vestíamos pollover blanco, con una guarda azul en los puños y el cuello en “V” con una guarda roja, pantalón azul oscuro y zapatos negros. A la derecha del pecho, el escudo del colegio.

A mediados de año, generalmente en junio -mes del Sagrado Corazón- se organizaba un gran festival gimnástico con exhibiciones deportivas. Para esa fiesta vestíamos remera blanca manga corta, pantalón y alpargatas blancas y una faja roja, al mejor estilo vasco; el equipo de pelota paleta  lucía además una boina roja. Se hacían ejercicios con manubrios y clavas, práctica plástica y pirámides, para finalizar con una exhibición de gimnasia con la participación de todo el alumnado que colmaba la totalidad de la cancha de fútbol. Era un clásico al que asistía gran cantidad de público.

Donato fue ordenado sacerdote y falleció en 1988; sus restos descansan en el cementerio de Venado Tuerto.

Hno. ROMÁN – Daniel Múgica

Un recuerdo especial para el Hno. Román. Fue un excelente rector. Formó parte de la vanguardia de religiosos de ideas claras, muchas de ellas inspiradas en las encíclicas de Paulo VI; de mente abierta y extensa. Enfrentaba los problemas con autoridad, porque eso era lo que tenía: Autoridad. Tenía una mirada tan amplia y generosa, que detestaba las mentes cerradas que se estancaban con temor mentecato, que al decir de sus palabras, “no les permite ver más allá del morro”; trataba de sacudir la modorra de los incapaces que eludían enfrentar los problemas cotidianos que evolucionaban con celeridad. Sostenía que no comprendían que se venían grandes transformaciones sociales y que había que  cambiar costumbres frente a la complejidad que los tiempos imponían para la educación de los jóvenes, que presentaban nuevos problemas que debían ser atendidos y dejar de aplicar aquello de que “acá se hace lo que yo digo”, imponiendo una autoridad forzada y no dar lugar al diálogo franco entre padres, profesores y alumnos, fundamento para adquirir una buena educación. 

Cuando se inició el Congreso Pedagógico allá por el año 1984, desde el colegio llamaron a todos los padres del alumnado a una  asamblea para intercambiar opiniones. La reunión fue presidida por el Hno. Daniel, que previo al intercambio de opiniones, disertaría sobre los alcances y modalidades en que se desarrollaría el Congreso Pedagógico.

En el colegio cundía el pánico. Se había apoderado entre maestros, profesores y algunos padres, una paranoia propia de mentes retrógradas temerosas de todo cambio. Todo una parafernalia manijeada por un integrante del Opus Dei.

Después de la disertación, el Hno. Múgica llamó a todos a participar del congreso pedagógico, porque consideraba que era una oportunidad histórica que no debía desperdiciarse. Estaba en línea con quien fuera fundador y presidente del CONSUDEC (Consejo Superior de Educación Católica) Hno. Septimio Walsh, de feliz memoria y una eminencia en el campo educativo.

Cuando Septimio falleció el 2 de julio de 1990 a los 76 años, lo sucedió Daniel Múgica en el CONSUDEC, pero el pobre hombre duró muy poco en el cargo. Un contubernio de las corrientes ultraconservadoras  volvió a la carga  y lo desplazaron. De esa manera se perdió la oportunidad de lograr lo que se propuso el Congreso, elevar el nivel educativo de nuestro país. Lamentablemente, todo se derrumbó. No hubo acompañamiento y la Argentina volvió a perder otra vez el tren de la historia en materia educativa

Un homenaje al Hno. DANIEL MUGICA (con mayúsculas) por haber sido un hombre inteligente, capaz y valiente que enfrentó a los intolerantes mediocres que impedían la apertura de una educación libre, abierta y desprejuiciada.

El Hno. Daniel Múgica (Román) falleció en 2002 y sus restos descansan en el cementerio de Venado Tuerto.

Hno. VICTORINO

El Hno. Victorino fue mi maestro de 6º grado, el último de la primaria. Era un español bajito, calvo y simpático; y sobretodo, muy capaz. A mediados del año 1955, en plena efervescencia del conflicto gobierno-iglesia, los pupilos nos contaban que Victorino vivía obsesionado escuchando “Radio Colonia”, la legendaria emisora uruguaya que emitía noticias que no trascendían en la Argentina. Esta emisora repetía las noticias una y otra vez hasta el cansancio, agregando una o dos noticias actualizadas. Las demás eran repetición. Pero esa obsesión la teníamos todos los argentinos. Años después, durante los sucesivos gobiernos de facto o durante el gobierno de Isabel Perón, todo el mundo se prendía a Radio Colonia. Era un clásico.

Por lógica, Victorino hablaba el español castizo, y algunas palabras comunes tienen para nosotros significados picarescos. Una vez estaba dando una clase relacionada al medio ambiente y ponía como ejemplo lo que se observa en la atmósfera cuando se filtra un rayo de sol y se reflejan los “polvitos” flotando en el aire. ¡Para qué habrá dicho “polvitos”! Todos comenzamos a reírnos y se recontra calentó, porque él sabía de su doble intencionalidad. No era ningún pelele. En otra oportunidad hablaba sobre las conchas marinas. ¡Otra vez las carcajadas! Siempre recuerdo su reacción: “¡Por favor! ¡No seáis mal intencionados! ¡No uséis mal mis palabras!” como diciéndonos “no soy ningún boludo, yo sé muy bien lo que pensáis”.

Cuando estaba cruzado, repartía los cuadernos desde el pupitre, arrojándolos a cada uno sin moverse de su lugar, como si fuera un disco. Volaban los cuadernos de una punta a la otra, y si algún cuaderno tenía un papel suelto, planeaba por los aires a mitad de camino. ¡Eso nos divertía mucho!

Victorino era auténtico, por eso todos lo queríamos. Y digo esto, porque nos trataba como muchachos mayores, no como niños, aunque hoy digo que éramos una manga de pelotudos, porque hacíamos cosas propias de imberbes. Victorino no era ningún fantoche, por eso le teníamos respeto.

El Hno. Victorino falleció en 1977 y sus restos descansan en el Cementerio de Venado Tuerto. Un grato recuerdo para él.

OTROS PROFESORES RELIGIOSOS Y LAICOS

Hubo una camada joven de religiosos que hicieron sus primeras armas en el colegio de Venado. Entre ellos estaba el Hno. José María, (Pedro Sebastián Herlein † 12/11/15) y su hermano, el inefable Gregorio alias “el Goyo”.  El primer maestro que tuve en el colegio precisamente fue el hermano José María, el que a mitad de año fue reemplazado por el hermano Miguel,  (Jorge Reimundo Domé) hermano de Víctor (Juan Carlos Domé). Miguel se ordenó sacerdote en 1974 y falleció en Venado Tuerto en el año 2007.

Por su parte, el Hno. Víctor  en el secundario era profesor de geografía. Las explicaciones eran tan claras y precisas, que no hacía falta estudiar la lección, bastaba prestar atención a su exposición y retener lo explicado. Como él hubo muchos profesores de gran nivel pedagógico como Tomás Vasconi, un excelente profesor de historia; el Hno. Ceferino, alias “el hueso” extraordinario profesor de lengua y literatura a quien le debo mucho de lo poco que sé de esta materia. El profesor Leonardo Priotti (Mr. Priotti), un diccionario abierto del idioma inglés. Pronunciación excelente y un maestro para tratar con los alumnos. No tenía pelos en la lengua y se ganaba el afecto del estudiantado con gran autoridad. Usaba el “Che” muy a menudo para llamarle la atención al que amenazaba salirse de cause. ¡Un gran profesor!

El Hno, Benito, excelente profesor de ciencias naturales, callado, mesurado, infundía respeto. No conversaba mucho con los alumnos, lo que no quiere decir que no fuera afable y de buena onda. Al contrario. Era serio pero muy condescendiente con el alumnado. No se calentaba para nada y jamás hacía comentarios sobre si la lección fue buena, mala o regular. Eso lo decía después la nota que nos aplicaba. Una gran persona.

No puedo cerrar este capítulo del colegio sin mencionar a otros buenos profesores que tuvo el Instituto. Un recuerdo especial para los Hnos. Cirilo (“el pescado”) († 1989), Gonzalo († 1986), Nazario, excelente matemático (siempre hurgando en su nariz); Venancio, († 1955)  fundador del colegio, me dio clase en 5º grado durante 4 meses; Aurelio “Mongo” († 1982 - España), Leoncio (gran deportista; maestro de esgrima y tiro al blanco),  Eulogio, Javier (siempre sonriente y de buen humor).

RECLUTAMIENTO

Los hermanos siempre andaban reclutando aspirantes para el seminario. Fue durante los días de duelo por el fallecimiento de Eva Perón, cuando una tarde llegó a mi casa el hermano Bernardo († 1977), un gallego bajito y morocho. Vino a hablar con mis viejos para que autorizaran mi ingreso al seminario. El tema les cayó de sorpresa a mis viejos que nunca habían hablado conmigo sobre esa posibilidad. No obstante el cura fue atendido de lo mejor y quedaba todo supeditado a mi decisión (tenía entonces 10 años) y todo quedó ahí, sin resolución.

En realidad, mi viejo no estaba convencido sobre mi incorporación al seminario y jamás me sacó el tema para conversarlo, por lo que deduzco que no le gustaba la idea para nada. La que sí deslizó un comentario fue mi madre, que me manifestó que “si alguna vez” pensaba ingresar al seminario, a ella le gustaría que lo hiciera al de los padres pasionistas de Capitán Sarmiento, donde la mayoría de los curas y religiosos eran de origen irlandés. Como verán, prevalecía la idea de que “si es irlandés, mejor”.


Sin embargo este silencio de la familia no desanimó a los del Sagrado Corazón, que nuevamente volvieron a la carga,  aunque sin éxito. No había en la familia mucho entusiasmo y nadie alentó mi supuesta vocación, creo que sin expresar lo contrario, el silencio lo decía todo. Agradezco a mis padres no haberle dado manija al asunto, porque mi vocación no era precisamente la religiosa.

[1] Mons. Carlos María Cafferata, obispo auxiliar de Rosario, el 11 de julio de 1961 fue trasladado por Pablo VI a la sede diocesana de San Luis, de la que tomó posesión el 30 de septiembre de 1961. Falleció el 6 de julio de 1971.

[2] La novela de George Orwell presenta un futuro en el que una dictadura totalitaria interfiere hasta tal punto en la vida privada de los ciudadanos que resulta imposible escapar a su control.
[3] Para el himno original del club River Plate se adoptó la música de esta canción. Se puede escuchar en youtubre: https://youtu.be/AKSCDMkT9No


Clásico desfile por calle Belgrano

El Hno, Leoncio con alumnos uniformados

Ceremonia en la capilla del Seminario

Patio interior antes de la ampliación edilicia
nótese que se puede ver la cancha de fútbol atrás

3º Año comercial año 1958

Diploma

Fotografía tomada de facebook de años más recientes
Hno. Daniel Mugica







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