sábado, 9 de julio de 2016

LA REBELDÍA DEL PADRE DUNPHY



Entre el 14 y 18 de septiembre de 1949 se desarrolló en la Parroquia Inmaculada Concepción de Venado Tuerto una misión a cargo de los padres de la Congregación Pasionista Víctor O’Carolan y Celestine Butterly, ambos originarios de Irlanda.

Por razones circunstanciales, se encontraba por esos días en Venado Tuerto el ex sacerdote José María Dunpy Harrington, que había sido apartado de su ministerio por la jerarquía eclesiástica, que era presionada por el gobierno de Juan Domingo Perón a raíz de las encendidas prédicas del sacerdote contra el gobierno, al que consideraba dictatorial.

En reiteradas ocasiones el sacerdote fue convocado por sus superiores para que revea su actitud y así poder volver a ejercer su ministerio. Pero el clérigo, fiel a sus principios y a los del evangelio, no aceptó retractarse y sostuvo que nada lo haría cambiar de actitud, por cuanto era bien sabido que sus denuncias eran fundadas. Ante su perseverancia, fue silenciado e inhabilitado para ejercer el sacerdocio por la cúpula elclesiástica.

Cuando el P. Víctor se enteró de la presencia de Dunphy en la ciudad, de inmediato le pidió a mi padre que lo llevara hasta la casa del señor Cecilio Quiroga, un conocido martillero de la ciudad y activo dirigente de la Unión Cívica Radical. Quiroga le había dado alojamiento en su casa familiar mientras durara su permaneciera en la ciudad. Esto posibilitó al dirigente radical de presentarlo a sus amigos y correligionarios, quienes se mostraron interesados en conocer a este cura del que tanto se hablaba en los medios políticos por su valentía de denunciar las tropelías del corrupto régimen peronista. 

Fue así que mi padre lo llevó al P. Victor hasta el domicilio del señor Quiroga de calle Pellegrini y en cuyo interior el P. Víctor permaneció alrededor de una hora. Cuando se retiraba, lo hizo acompañado por un hombre de gran prestancia: alto, delgado, de cabellos blancos y riguroso traje negro; era el Padre José María que despedía con gran afecto al visitante.  

El P. Víctor siempre se jactaba de haber exorcizado a muchas personas "poseídas", pero esta vez se sintió frustrado;  no había logrado que el Padre Dunphy se retractara ante sus superiores para reintegrarse al ministerio sagrado. La suerte estaba echada, Dunphy jamás revocaría sus dichos. Su integridad personal y su fidelidad al Evangelio así se lo dictaban.

NOTA: Su sobrino nieto Pablo Botto Dunphy (1.4.1.1.) me hizo un comentario interesante de su tío. Siendo sacerdote, José María solía reunirse con amigos en la casa de Ernesto Sábato en Santos Lugares. Allí, además de analizar la situación socio-política del país en reuniones secretas, se armaban grandes partidas de truco que duraban hasta pasada la medianoche.





lunes, 25 de enero de 2016

TRÁGICO FIN DE LA VUELTA DE SANTA FE 1956


Ese fatídico domingo se produjo un lamentable accidente que les costó la vida a varios vecinos de Venado Tuerto. Fue al finalizar la Octava Vuelta de Santa Fe, frente al Tiro Federal. Esa carrera la ganó Oscar Alfredo Gálvez y entró segundo su hermano Juan, que fue descalificado por haberse excedido en unas milésimas de agrande de los cilindros.

En el sexto lugar llegó el corredor Pablo E. Facchini y detrás lo hizo Luis Ferraris con una diferencia de 4’05’’ 2 décimas; cuando éste llegó a la meta se llevó puestas a varias personas que todavía permanecían sobre la ruta.

Entre las víctimas estaba Alfredo José Busso “Pochi”. Cuando éramos niños, Alfredo pasaba muchos días en la casa de sus tíos Fernandez/Busso que vivían a la vuelta de nuestra casa.  Entonces entablamos una linda amistad que recuerdo con nostalgia. 
Alfredo José Busso

Según Juan Carlos Allovatti, que vivía en el vecindario de los Busso en San Martín casi Dean Funes, a Alfredo le decían “Buseca”, sobrenombre para mí desconocido. Tampoco sé el por qué del sobrenombre, pero supongo que debe estar relacionado con el guiso de origen italiano.

Alfredo era un chico muy dócil, lo que comúnmente llamamos “Un Pan de Dios”. No era posible pelearse con él.

La muerte lo sorprendió ese aciago domingo 08 de abril de 1956 cuando tan sólo tenía 13 años. Un recuerdo para “Pochi”, como lo llamaban sus familiares.

Curiosamente 22 años más tarde, el 1º de enero de 1979,  perdieron la vida en la ruta 8 a la altura de Arias (Cba), su hermano Jorge de 25 años y su primo Alfredo Fernández Busso de 22 años, y nuevamente la familia Busso se vio acongojada por otra tragedia.

ESCUELA PRIMARIA

No me alcanzarían estas páginas para agradecerles a mis padres todo lo que me dieron, pero como todo hijo, tengo algo que reprocharles: el no haberme enviado a estudiar a una escuela pública.

En “Recuerdos de mi Barrio…”,  dije que cada familia del vecindario acarreaba: un karma de costumbres y ritos ancestrales”. Mis viejos cargaban con la fe religiosa como eje central de la familia, razón por la que nunca nos enviaron a la escuela pública que era laica y obligatoria. En lugar de religión, se dictaban clases de “moral, higiene y buenas costumbres”. Existía entonces el temor de que se dañaran los principios religiosos, permanentemente fogoneado por los socialistas que aprovechaban la “rivalidad” que existía entre católicos y evangélicos, para poner bocadillos antirreligiosos.  Durante la campaña presidencial de 1957/58, el socialismo no vaciló en vituperar a los creyentes religiosos tratándolos de fanáticos e ignorantes. Su propaganda era muy feroz e intolerante.

Mientras los evangelistas promovían las escuelas dominicales con gran concurrencia de alumnos, los socialistas se volcaban a la formación de cuadros juveniles a través de las bibliotecas populares, una característica muy arraigada en el socialismo de entonces. En Venado Tuerto los socialistas fundaron la Biblioteca Popular Florentino Ameghino, una entidad de reconocida trayectoria y orgullo de nuestra ciudad.

Hoy esas discrepancias religiosas se han superado, y podemos decir que no existen rivalidades entre católicos y evangelistas que celebran rituales ecuménicos. Pero entre las sectas  que se han propagado últimamente, sí se originan rivalidades.

Por su parte el socialismo moderó su discurso notablemente. Dejó de ser aquel partido político acérrimo anticlerical que hería los sentimientos de muchas personas que simpatizaban con ellos pero que se sentían lastimados por su virulencia hacia los hombres de la iglesia. No obstante, y a mi criterio, bien poco hicieron la iglesia católica y los católicos en sí para crear escuelas gratuitas para la clase trabajadora.

Tal vez haya sido ésta una de las razones por las que  nuestros viejos nos enviaron a estudiar con  maestras particulares primero y posteriormente a escuelas confesionales.

Maestras
La primera maestra que tuvieron mis hermanos fue la señorita Dora Iturbide[1], mientras que la señorita Nélida Arduino[2] fue mi maestra de 1º y 2º grado.

El hecho de no asistir a una escuela pública, me descolocó ante mis amigos del barrio, con quienes no podía compartir vivencias escolares, escenario que continuó a partir de  3º grado, cuando me enviaron al  colegio Sagrado Corazón -que además de lejos- estaba totalmente desconectado de mi barrio.  Dos años más tarde el colegio implementó el novedoso “transporte escolar” y contrató los servicios de la empresa de transporte de pasajeros de don José Rocaspana, para transportar a los alumnos de las periferias con “la bañadera”, un colectivo antiguo que manejaba su hijo Carol Rocaspana y que posteriormente se convirtió en el recordado barquito “Democracia” que andaba por la ciudad para deleite de grandes y chicos.  Con esta incorporación, el colegio amplió su radio de influencia, y posibilitó la incorporación de  alumnos de los barrios más alejados del establecimiento.

Pero estos cambios no apuntaban solamente a la inscripción de nuevos alumnos, sino a la renovación de su plantel de personal educativo, incorporando maestros laicos. Los primeros maestros de la primaria fueron: un señor llamado Gaspar (cuyo apellido no recuerdo en este momento) y Eduardo Cesáreo Marroquín, ambos maestros normales. También incorporó a la  primera mujer, que fue la señorita Rosa Nely Cabrera, que a la postre contrajo matrimonio con Carol Rocaspana, el chofer de “la bañadera”.  

Paralelamente, en esos años conflictivos, el gobierno nacional trató de limitar la incorporación de alumnos a las escuelas privadas mediante un decreto que obligaba a los colegiales a concurrir  a las escuelas más próximas a su domicilio. Eso se debía a que las escuelas privadas estaban absorbiendo gran cantidad de alumnos, atento a que el sistema educativo había tomado un rumbo político-partidario gubernamental, en detrimento de quienes no comulgaban con su doctrina. Luego vino el golpe del 55 y ya sabemos lo que pasó.




[1] Hija de don Alejandro Iturbide y de doña Emilia Jeren Werner.
[2] Contrajo matrimonio con Eduardo San Juan (sin descendencia)

APUNTES DE UN DIARIO

Rescatados del diario de mi padre.


“(Lunes) 6 de mayo de 1946: Tomo servicio a las 23 horas para dar ‘calefacción’ al tren del Presidente Farell”

“(Jueves) 9 de mayo de 1946: El presidente de la República Gral. Edelmiro Farrell visita Venado Tuerto e inaugura el Colegio Nacional ubicado en calle San Martín entre Pellegrini e Iturraspe”. (Ver mi relato “Mi primo Luis”)

“(Sábado) 4 de junio de 1946: Perón es nombrado Presidente”.

 “(Lunes) 7 de octubre de 1946: Una granada de mano explotó en la casa de la familia Belforte de calle San Martín y mató a una niña de 14 años e hirió a otras personas”. La niña era Aidée Angaramo Belforte.

Este hecho trágico dejó consternada a toda la comunidad de Venado Tuerto.

Años más tarde tuve la oportunidad de conocer a los padres de Aidée, cuando trabajaba en la Cooperativa de Electricidad. Entonces el matrimonio vivía en calle Mitre 1087, a metros del ICES. Eran personas muy afables y conversadoras. En cierta ocasión me contaron del accidente que le costó la vida a su hija, pero no recuerdo los pormenores por cuanto traté de evitar hacerles revivir un hecho tan doloroso.

La tragedia se produjo cuando un integrante de la familia, que era militar o soldado en servicio, estaba en la casa en uso de licencia, y había traído consigo una granada de mano, que negligentemente quedó al alcance de la niña.

Un recordatorio en el panteón familiar, expresa: “AIDEE ANGARAMO / BELFORTE: Hija, que fuiste nuestro amor y consuelo abnegada, bella y bondadosa desapareces sin que el cariño acendrado de tus padres haya podido arrebatarte a la muerte. 1-4-1932   7-10-46” (sic)

“(Sábado) 11 de enero de 1947: La señora de Roldán fue encontrada muerta en su rancho. Suponen que fue asesinato”.

En la esquina de Uruguay y Tucumán, vivía el matrimonio Roldán. Esa mañana los vecinos se extrañaron de no verlos, ya que era normal que don Roldán (que sufría una deficiencia mental y caminaba con mucha dificultad) solía estar sentado a la sombra de un frondoso sauce, mientras su esposa se ocupaba de los quehaceres domésticos. Un chico del vecindario abrió la ventanita del dormitorio y se llevó la gran sorpresa: La señora estaba tendida en la cama con las sábanas ensangrentadas. El marido, imposibilitado de levantarse por sus propios medios, estaba en la otra cama haciendo movimientos desesperados. (Hecho relatado en “Mi barrio ‘atrás’ de la vía”)

“(Lunes) 1°  de marzo de 1948: Salí de viaje a La Carlota. Hoy entregan los ferrocarriles los Británicos al Gobierno de la Nación. La estación de Venado Tuerto está repleta de gente muy emocionada. Las máquinas llevan escarapelas, banderas y fotografías de Perón y de su esposa “Evita”. Cuando llegamos a Canals encontramos una multitud congregada en la plataforma de la estación. Hay un alto parlante dando las noticias trasmitiendo desde Retiro. Aquí estamos informados que el Coronel Perón ha sufrido un ataque de apendicitis agudo, siendo necesario una operación. Después de terminar las maniobras quedamos en la estación, o sea con la maquina enfrente hasta las 19 horas para tocar el silbato siendo esa la hora oficial de entrega de los ferrocarriles. Ha llovido fuerte todo el día. Llegamos a La Carlota con las horas cumplidas”. (sic)

El 1º de marzo es mi cumpleaños y mi padre me trajo como regalo un espejo redondo que en su reverso tenía la foto de Perón y Evita. Era uno de los tantos souvenirs que se entregaban a los asistentes al acto. Perón estaba en plena campaña electoral.


COLEGIO SAGRADO CORAZÓN

Ingresé al colegio en 1952 y mi primer maestro fue el Hno. José María (Pedro Sebastián Herrlein † 12/11/2015) Era la primera vez que me encontraba en un aula con 25/30 alumnos, lo que para mí fue una tortura. Nunca pude adaptarme plenamente al ambiente escolar de este colegio, y aunque me hice de muchos amigos, nunca de una amistad estable y sincera, como las que tenía en mi barrio. Las pocas simpatías que coseché en el colegio fueron las de algunos alumnos pupilos; tal vez en ellos encontré esa afinidad barrial, o como se dice ahora, con “buena onda” como las que tenía con los chicos de mi barrio. Algunos me decían que sus padres los habían mandado al colegio de los curas para que los pusieran “en vereda”, lo que equivalía a un castigo. Una noción absurda, pero muy mentada en aquellos tiempos. “Los curas te van a poner en vereda”. ¡Qué maravilla! ¡Con este concepto se  diría que los curas hacían milagros!

CONFIRMACIÓN
Fue entre 1953/54, cuando el Obispo de Rosario[1] vino a nuestra ciudad para las confirmaciones. Cabe acotar que en aquellos años, los obispos recorrían la diócesis cada 10 años (o más), lo que originaba una tracalada de gente en lista de espera y de edades muy dispares para confirmarse. La ceremonia se realizó durante varios días, asignándoles una fecha y hora determinada a cada capilla y a los colegios confesionales. Como la ceremonia debía hacerse con celeridad, dado la cantidad de aspirantes, teníamos que elegir un padrino que ya estuviera confirmado, lo que era difícil de conseguir. Por ese motivo un confirmado de la primera tanda estaba habilitado para ser el padrino de la segunda y así sucesivamente. Yo
Diploma
elegí como padrino a mi compañero de banco Miguel Ángel Pirchio, que se había confirmado un mes antes en Rosario. Miguel era un gordo de lo más divertido y uno de aquellos que aterrizó en el colegio para su “reeducación”, algo que no se logró porque mi pobre padrino -años más tarde- murió trágicamente baleado por la policía mientras escapaba por los techos. A la vez, yo fui padrino de Héctor Vitelli, lo que había olvidado y  Héctor se encargó de recordármelo.

GOMINA
Siempre tenía problemas con mis pirinchos en el remolino de la cabeza, y en nuestra casa no era usual que hubiera gomina porque “dañaba las raíces del cabello”; si así fuera, el pobre Gardel que murió tan joven, seguramente sería calvo en su vejez. Lo que sí era común usar era un líquido fabricado con aceites vegetales, que llamábamos “brillantina” (Le Sancy, Brancatto, Atkinson y otras marcas de renombre). Uno de mis hermanos compró un frasco muy pequeño de brillantina concentrada, que tenía un olor a perfume muy denso. Se aplicaba tomando un poquito del recipiente y se diluía con agua en la palma de la mano, luego se pasaba por el cabello  para dejarlo brillante al mejor estilo gardeliano. Una mañana, antes de partir al colegio, tomé una buena dosis de la pasta y me la pasé por los pirinchos sin disolverla. Esa mañana toda la clase se preguntaba quién se había bañado con perfume, porque el aula se había inundado de un pesado aroma dulzón insoportable. Por supuesto, yo permanecí mudo y evité todo comentario. Algo similar había sucedido cuando marchábamos al aula que estaba detrás la cancha de fútbol, y se sentía un terrible olor a mierda. Después supe que uno de los chicos que iba más adelante se había cagado encima cuando no lo dejaron salir de la reunión agrupada de los viernes.
Esas reuniones generales, a las que refiero más adelante, eran un clásico. A veces, por la amplitud del lugar, nos reunían en el salón-comedor para tomarnos prueba de religión. Nos hacían parar en círculo de espaldas a la pared, y el director, o el vice, que era el encargado de medir nuestros conocimientos sobre el catecismo, nos hacía una pregunta a cada uno, la que debíamos responder sin titubear. Si la respuesta era correcta daba un golpe seco (¡tac!) con la regla sobre el escritorio; si era incorrecta o se titubeaba, eran dos golpes seguidos (¡tac, tac!). Siempre fui muy malo para memorizar, pero el catecismo me lo sabía de memoria. Hasta el día de hoy recuerdo una pregunta que para mí era terrorífica: “¿Dios lo ve todo?” Respuesta: “Sí, Dios lo ve todo aún nuestros pensamientos”. El solo hecho de pensar que Dios nos estaba espiando a través de la figura de un triangulo con un tremendo ojo visor,  metía miedo. La novela “1984” de George Orwell[2], es un cuento para niños al lado de este espantoso catecismo. No sé si actualmente contiene esta pregunta dogmática (u otras) de este tenor. Debo suponer que no.

UNA CHICA DE DIVITO
Un día un compañero de la primaria, en plena prueba de matemáticas, se arrima a mi banco y me entrega una hoja con un dibujo de una mina ligerísima de ropas; me dijo que la había encontrado en un libro que yo le había prestado. Yo me quedé helado, y embroncado porque se me había metido en mi intimidad, le manotee la hoja y rápidamente la guardé en la cartera. Se trataba de una chica de Divito de la revista “Rico Tipo”, que seguramente calqué quitándole algunas prendas. “¡Menos mal que el cura no nos descubrió!”, pensé, al recordar lo que me había pasado con Oscar Natali, cuando me estaba pasando disimuladamente la
Clasica fotografía del alumnado
página de una revista porno y el Hno. Gabriel, al que apodábamos “sifón” por su cara complicada, lo descubrió;  al toque se bajó del pupitre como una tromba para arrebatarle la hoja. Natali en su desesperación, trató de triturarla, pero el inquisidor no le dio tiempo y se hizo de los trozos de papel. Esa noche rearmó la hoja cual si fuera un rompecabezas. Fue una prueba irrefutable para meterle unas cuantas amonestaciones (y de paso deleitarse en soledad).

LOS MÁS RECORDADOS
Entre los religiosos del colegio había algunos que eran muy brillantes; otros no tanto, aunque eran más queribles. Acá recuerdo a los que en este momento vienen a mi memoria y a quienes trato de evocar de acuerdo a esos recuerdos.
Una cosa que quiero remarcar es que jamás he visto u oído que algún alumno, tanto en la primaria como en la secundaria, haya sido maltratado físicamente por algún maestro o profesor. Lo habitual en aquellos tiempos,  era llamarles la atención a los alumnos de “mal” comportamiento delante del resto del alumnado y a veces, hasta ridiculizarlos y catalogarlos como si fueran lo peor de la especie humana. Debo suponer que en la actualidad estas prácticas ya no existen.
Las “penitencias” que se aplicaban consistían en dar determinadas vueltas alrededor de la cancha de fútbol o la de básquet, todo dependía de la gravedad del hecho.

Hno. DAVID
El Hno. David era Contador Público Nacional. Tenía en su haber doctorados en Ciencias Económicas y Filosofía y Letras. Sin dudas: un bocho. Pero así como era de inteligente, también era jodido. No sé qué lugar ocupaba en el rango de la congregación, pero en el colegio fue subdirector durante el rectorado del Hno. Donato Rasquín, un vasco más jodido que David.
David era el hombre orquesta, estaba en todas. A veces tenía sentido del humor, siempre y cuando no se le diera vuelta la carretilla, porque se volvía muy hinchapelotas. Además de ejercer la subdirección, dirigía la banda de música, daba clases de matemáticas, contabilidad y filosofía. Conducía todos los actos protocolares y era la voz oficial en los eventos religiosos, como las procesiones. Tenía una adicción desenfrenada por el micrófono. Cazaba el fierrito donde fuera y le daba a la matraca: una verdadera máquina de decir huevadas. Un día, frente a la parroquia, se estaba por iniciar la procesión del 8 de diciembre, y un perro
Patio interior antes de la ampliación
callejero comenzó a bramar desaforadamente; David se infló las guindas y no aguantó más; por el micrófono conminó al dueño del can (a quién no podía divisar entre la gente) que lo hiciera callar, sin saber que el pobre animal estaba siendo torturado por un señor con piernas ortopédicas, que por falta de tacto, no sabía que le estaba pisando la cola. Fue un momento muy divertido que sacó de cause al animador y le quitó solemnidad al inicio de la marcha religiosa. Luego todo volvió a la normalidad, aunque costó bastante encarrilar a los alumnos que aprovecharon la volada para hacer de las suyas.

Todos los viernes por la tarde David nos reunía en un salón para evaluar las notas que cada uno habíamos obtenido durante la semana.  Entonces agarraba la manija y comenzaba a pedorrear a todo el mundo; alumnos y maestros, sin distinción, eran cepillados. El que tenía una nota baja, era escrachado delante de todo el alumnado. Algo realmente reprobable. A un alumno de sexto grado (que era entonces el último grado de la primaria y considerados los “grandotes” de la división) lo reprendió porque había sacado una nota baja y aprovechó la ocasión para reprocharle que “había hecho llorar a su madre”. El pobre tipo, que estaba de pie, rojo como trasero de mono y ante la mirada del sabalaje, no sabía adónde meterse. Seguramente la madre de este pibe (que era extremadamente católica) había ido a presentar sus quejas al colegio por el mal comportamiento de su hijo y este bolas no tuvo mejor idea que bocinar delante de toda la primaria, una interna familiar que nada tenía que ver con la reunión evaluativa. (Pregunto: ¿Quién no ha hecho llorar a su madre alguna vez?) Esta era una constante con quienes tenían notas bajas y por el otro lado, llenaba de halagos  a los que lograban un sobresaliente, que eran generalmente hijos de médicos, hacendados o funcionarios públicos. En ese aspecto los gaitas la tenían clara. Halagos para algunos, defenestraciones para otros, de acuerdo al rango social.  Sabían muy bien adónde apuntar y aplicar los consejos del Martín Fierro, “hacéte amigo del juez… pues siempre es güeno tener un palenque ande ir a rascarse”.
Cuando David se ponía a dar cátedra de catequesis era una joda, porque mientras lo hacía nos pedorreaba, siempre machacando sobre los “deseos desordenados”, que eran la riqueza, la lujuria, el goce, la diversión, estaba todo prohibido, incluso vestir ropas a la moda era considerado inmoral. Por eso decía que Jesús había usado la misma túnica durante toda su vida. Afirmaba que la túnica había crecido con él y no se la había cambiado en 33 años. Decía estas bobadas, sabiendo perfectamente que era un fenomenal verso infantil y nos daba pie para plantearle -de ex profeso- a los maestros de religión: ¿Cómo era posible que los soldados romanos se disputaran una túnica usada durante 33 años? ¡Debió haber tenido un pestilente olor a segundo tiempo! Los pobres maestros no tenían argumentos para salvar las macanas de David y se reían con nosotros. Claro que nosotros no éramos muy vivos. Éramos bastante pelotudos.

Siempre andaba armando “cuadros vivos” para las fiestas patrias y la velada de fin de año. Quienes integrábamos el coro, éramos espectadores de todos los entretelones de los ensayos y nos divertíamos viendo a los personajes moverse de un lado a otro con frenesí, cual si estuvieran montando una obra en el Colón. El coro cantaba detrás de bambalinas, y René Longobardi -asistente de David- leía en off un laaargo y meloso monólogo que él mismo redactaba y que hacía referencia al cuadro que se representaba. Verlo a David embroncado cuando algo no salía como él pretendía, era para alquilar balcones. Se le salía la gallegada de adentro y parecía tener unas ganas locas de putear, lo que tal vez hacía para sus adentros.  

A David lo apasionaban estas puestas en escena, pero cada tanto aparecía el plomazo de Donato para bocharle algo que “no le gustaba”, una manía que tenía el petiso de encontrar algún defecto en todo lo que hacían los demás.

Para armar estas representaciones artísticas, David optaba por una fábula, un cuento, o un capítulo bíblico y armaba secuencias en que los actores no tenían que dialogar, sino simplemente hacer mímica mientras el locutor recitaba un texto que era acompañado con fondo musical.  Una vez armó el “Coro Avanti” con los mayores del secundario y fue una idea muy divertida. Antes de comenzar su actuación, y mientras los coreutas afinaban sus voces, se originaban gags que alteraban la paciencia del director. Lograda la armonización,
6º Grado año 1955
comenzaba el espectáculo. Finalmente fueron ovacionados por la concurrencia. Salvando las distancias, tanto por el tiempo transcurrido como por la profesionalidad de los actores, era algo similar a lo que hoy representan “Le Luthiers”. Me dirán que exagero, pero cada vez que veo a este conjunto me acuerdo del “Coro Avanti” del Hno. David.
Durante el gobierno de Perón, allá por junio del 55, metieron en cana a varios curas; entre ellos a David, y según versiones, aquella noche de calabozo nadie pudo dormir, excepto David que lo hacía plácidamente y roncaba como un oso.   
Así era el Hno. David, un loco lindo que no cejaba en sus propósitos. Siempre al frente, no se amilanaba ante nada ni nadie. La tenía bien clara, aunque a veces se le salía la cadena.
El Hno. David falleció en 1974 y sus restos están sepultados en el cementerio de Venado Tuerto.

Hno. RAMIRO
El Hno. Ramiro († 1993) –que con posterioridad pasó a llamarse Pablo- era una persona muy afable, siempre sonriente. Además tenía un aire distinguido y de gran prestancia.  A mí nunca me dio clase y no tengo registrado que haya ejercido como profesor. Estaba encargado de la contaduría y todo  lo relacionado a las finanzas. Cada tanto me llamaba a su despacho y me entregaba un sobre para la señora María Kehoe viuda de Rourke (hermana de mi tía política Brígida) El sobre contenía el efectivo correspondiente a los intereses del dinero que la viuda tenía depositado en el colegio. Sé fehacientemente que cuando comenzó la construcción del colegio, allá por la década del 30, ella fue una de los tantos donantes. Algo muy característico en ella (además de otra gente de buenos ingresos que donaba sumas importantes para solventar la educación e instrucción religiosa a chicos de familias de escasos recursos)  

En ese entonces, y antes de iniciarse las obras de ampliación del actual colegio, los alumnos del secundario dejaban sus bicicletas a lo largo de la pared que estaba frente a la cancha de básquet.  En ese paredón no había ventanales porque correspondía a las aulas que tenían acceso por el patio interior. Solamente había una pequeña ventanita (como las que tienen las farmacias de turno) por donde Ramiro despachaba los elementos de librería que los alumnos íbamos a comprar.

 Los de la sección primaria (que teníamos clases mañana y tarde) guardábamos las bicicletas sobre el jardín que había sobre calle Lisandro de la Torre. Allí el Hno. Donato supo tener un perro ovejero alemán que hacía de guardián. El jardín (bicicletero) tenía un portillo que estaba cerca de los baños externos. Todos los años se le entregaba una copia de la llave a uno de los alumnos de sexto grado (el último de la primaria de entonces) que concurriera en
En la capilla del seminario
bicicleta, para que abriera y cerrara el portillo cada vez que fuere necesario. Cuando cursaba el 6º grado fui el depositario de la llave y, junto a un compañero, izábamos y arriábamos la bandera todos los días en el mástil mayor, mientras los alumnos permanecían formados en la cancha de básquet y por el parlante se oían los acordes de “Mi Bandera”.

Volviendo al Hno. Ramiro, recuerdo que entre los alumnos del secundario que iban en bici, estaba Abel Abadía que tenía una bicicleta fantástica. Con palanca de cambio y un montón de chiches de última. En aquellos tiempos era común llenar el cuadro con calcomanías, y Abel tenía un delirio por los calcos de chicas exuberantes y ligeras de ropas, estilo Divito. Un día noté que el Hno. Ramiro estaba observando detenidamente la bici de Abadía. Cuando se retiró, me fui a ver qué era lo que le llamaba la atención. Al instante me encontré con que le había tapado las calcomanías de las chicas con papel adhesivo. Años más tarde le comenté el episodio a Abadía, pero no lo recordaba. Fue cuando me comentó que le habían robado esa bici y que años más taarde la recuperó. Hoy guarda el cuadro como una reliquia.  

Hno. RUFINO

Al manto de Cristo -según la versión del Hno. David- lo comparábamos con la sotana del Hno. Rufino (alias “el chivo”) porque la higiene no era precisamente su fuerte. Andaba siempre trotando con pasitos cortos de un lado para el otro hablando con el que se le cruzara o simplemente conversando con sí mismo. Siempre se lo veía haciendo trabajos manuales, arreglando una puerta, un banco o lavando alguna mancha en la pared. Era muy querido por el alumnado.  
El Hno. Rufino falleció en 1985 y sus restos están sepultados en el cementerio de Venado Tuerto.

Hno. MANUEL MOLINOS

Manuel era muy carismático. Siendo director del colegio, conducía los actos protocolares y religiosos con mucha solvencia. Fue director entre los años 1949/50. Un día, durante los tradicionales desfiles que se hacían para las fiestas patrias, el anunciador oficial era Ártico Marchetti, socio de Hilmar Long de la legendaria Publicidad San Martín. Marchetti tenía una voz grave bien entrenada para la locución. Ese día estaba anunciando a cada una de las instituciones que pasaban frente al palco oficial, y cuando le tocó el turno al Colegio Sagrado Corazón, Marchetti se trabucó y anunció vacilando: “…seguidamente el Colegio… de los Curas”. Entonces el Hno. Manuel que estaba al pie del palco atento a todo lo que pasaba en derredor, dio media vuelta y le dijo a viva voz: “Por qué no dices de los Frailes, quedaría mejor”. Si bien el exabrupto de Marchetti originó un murmullo de reproche, el inesperado bocadillo del Hno. Manuel fue festejado con aplausos y buen humor.  
Años más tarde por razones laborales fui hasta el colegio;  allí me encontré con Héctor Wagner, un amigo personal y recepcionista del colegio. Apenas entré me dijo: “Vení, seguíme que te voy a presentar a un amigo”; fui tras él hasta el patio interior, donde me encontré con
3º año comercial año 1959
un tipo grandote, gordo y panzón. Acostumbrado a verlo toda mi vida de sotana, a primera vista me pareció que era Don Emiliano García, el lechero. Pero enseguida lo saqué cuando habló y se vino hacia mí para saludarme. Era el Hno. Manuel, sonriente y afable como siempre. Me llamó la atención que memorizara los nombres de mis tres hermanos, ex alumnos del colegio, para luego contarles a los circunstanciales contertulios, de cuando mis viejos llegaban puntualmente a Misa los domingos en el Ford35 con toda la familia.
Así como me pasó con el Hno. Manuel, también me sucedió con otros religiosos a quienes conocí toda mi vida de sotana. Cuando las costumbres cambiaron, ellos se transformaron en “seres normales”, comunes y corrientes, por cuanto la sotana parecía darles un toque de distinción; eran algo así como “intocables”. Felizmente los tiempos han cambiado y las personas también. Sería muy aburrido no evolucionar.  
No obstante, la personalidad del Hno. Manuel seguía siendo campechano. Un personaje inolvidable.
El Hno. Manuel Molinos falleció en 1990 y sus restos están sepultados en el exterior.

Hno. CIRIACO

Otro cura divertido: el Hno. Ciriaco. Siempre inquieto, diría que era hiperactivo. Nos daba clases de inglés y música, y como siguiendo la tradición de doña Norah Wade de Basualdo, empalmaba ambas materias y nos hacía cantar “It’s a long, long way to Tipperary”[3]. Un día nos puso a todos alrededor del piano para cantar, y en cuanto le dio los primeros golpes al teclado, el piano no sonaba. Abrió la tapa superior y algún vago había metido un guardapolvo gris de algún pupilo. Sacó el trapo y lo dejó a un lado como si nada hubiera pasado.  Estas cosas a Ciriaco le resbalaban. No les daba importancia; él seguía con su clase, sin dar lugar a que los alumnos capitalizaran la broma para continuar con la jarana. Punto y a otra cosa. ¡Un genio!
A Ciriaco lo volví a ver cuando mis hijos comenzaron a estudiar en el colegio (década del 70/80), y a pesar de haber pasado por muchas intervenciones quirúrgicas severas, el hombre seguía activo y de buen talante.  
El Hno. Ciriaco falleció en 1987 y sus restos descansan en el cementerio de Venado Tuerto.

UN PERSONAJE LOCAL

A Ciriaco lo sucedió en la materia de inglés el Hno. Gabriel, un muchacho de Venado Tuerto de apellido Ronci que trabajaba en el “Frigorífico Centenario” y que  ingresó a la congregación en la adultez. Recuerdo que tenía una cicatriz en la frente, producto de un accidente, y según se decía quedó medio tocate un tango. Solía ir al colegio y mantener largas charlas con los hermanos durante los recreos, venía en un Jeep guerrero y con el clásico guardapolvos blanco del frigorífico. Tiempo después ingresó a la congregación.

La diferencia con Ciriaco era que Gabril tenía un conocimiento acotado del idioma Shakesperiano. Solía confundir palabras de pronunciaciones muy similares, como “Jam” (dulce) y “Ham” (jamón); “Race” la tradujo como “Raza”, lo que era correcto,  pero en la lección se refería a  carreras de caballos, no a razas equinas. Supongo que hoy debe hablar inglés con fluidez.  

Hno. DONATO

Donato daba la impresión de estar siempre enojado. Era una persona de pocas pulgas. De estatura baja, gordito, de cara colorada y anteojos redondos muy diminutos.  A los curas jovencitos los reprendía sin piedad delante del alumnado. En más de una ocasión me pregunté; “¿cómo es posible que estos muchachos lo aguantaran?” Si a mí me basureara como a ellos, yo me hubiese tomado el buque sin pensarlo dos veces. Pero, como en toda congregación religiosa, subsiste el principio de obediencia vertical, y los jóvenes acataban al superior sin chistar. Hoy son muy pocos los religiosos que componen la comunidad del Sagrado Corazón, y a simple vista se nota que ya no existe obediencia incondicional; y ni hablar de los sacerdotes diocesanos, que hace rato dejaron de obedecerle a los obispos.
Sin embargo, aunque Donato tenía un carácter difícil, el colegio bajo su dirección marchaba como un reloj suizo. Disciplina y obediencia, honestidad y organización, cualidades fundamentales para el éxito de toda empresa.

Aficionado al juego de naipes, en los momentos de ocio se juntaba con quien fuera para jugar una partida de truco o a  la brisca, no importaba cuál, pero jugar apasionadamente acompañado por una buena copa de coñac añejo.

A los alumnos con problemas de conducta, no dudaba en apodarlos. Había un alumno que hacía renegar permanentemente a los profesores y lo apodó “Mandinga”, sobrenombre del que no pudo desprenderse hasta el día de su muerte. Muy poca gente lo conocía por su apellido, y el día que falleció la emisora local recurrió al apelativo para que la gente lo identificara.

Los discursos del Hno. Donato, además de españolizados, eran  extensos. Como buen
Clásico desfile por las calles de Venado Tuerto
franquista, les daba un tinte político y no ahorraba cumplidos hacia el Presidente Perón, a su esposa y a todo el séquito gobernante. Eran los años de gloria, cuando el peronismo y la jerarquía eclesiástica liderada por Antonio Caggiano, eran un solo corazón. Después que falleció Evita, se terminó el romance.


En esos años el colegio sobresalía del resto de las instituciones educativas, por su nivel académico. Era el centro de atención de toda la población, aunque tenía sus detractores que buscaban dañar esta imagen de disciplina que lo hacía precisamente sobresaliente.

Durante las fiestas patrias se organizaban los desfiles escolares y el colegio, acompañado por su banda de música, era la gran atracción. A mediados de año, generalmente en junio -mes del Sagrado Corazón- se organizaba un gran festival gimnástico con exhibiciones de variadas disciplinas deportivas. Todos los alumnos se vestían de remera, pantalón y alpargatas blancas y una faja roja, al mejor estilo vasco; el equipo de pelota paleta  lucía además una boina roja. Se hacían ejercicios con manubrios y clavas, práctica plástica y pirámides, para finalizar con una exhibición de gimnasia con la participación de todo el alumnado que colmaba la totalidad de la cancha de fútbol. Era un clásico al que asistía gran cantidad de público.
Donato fue ordenado sacerdote y falleció en 1988; sus restos descansan en el cementerio de Venado Tuerto.

Hno. ROMÁN – Daniel Múgica

Un recuerdo especial para el Hno. Román. Fue un excelente rector. Formó parte de la vanguardia de religiosos de ideas claras, muchas de ellas inspiradas en las encíclicas de Paulo VI; de mente abierta y extensa. Enfrentaba los problemas con autoridad, porque eso era lo que tenía: Autoridad. Tenía una mirada tan amplia y generosa, que detestaba las mentes cerradas que se estancaban con temor mentecato, que al decir de sus palabras, “no les permitía ver más allá del morro”; trataba de sacudir la modorra de los incapaces que esquivaban afrontar los problemas cotidianos que evolucionaban con celeridad. No comprendían que se venían los grandes transformaciones sociales y había que  cambiar costumbres frente a la complejidad que los tiempos imponían para la educación de sus hijos, que presentaban nuevos problemas que debían ser atendidos y dejar de aplicar aquello de que “acá se hace lo que yo digo”, imponiendo una autoridad forzada y no dar lugar al diálogo entre padres e hijos, fundamento para adquirir una buena educación.  

Cuando se inició el Congreso Pedagógico allá por el año 1984, desde el colegio llamaron a todos los padres del alumnado a una  asamblea para intercambiar opiniones después de la disertación del Hno. Daniel Múgica, sobre los alcances y modalidades en el que se desarrollaría el Congreso Pedagógico.
En el colegio cundía el pánico. Se había apoderado una paranoia entre todos aquellos retrógrados fundamentalistas manijeados por un integrante del Opus Dei.

 Múgica instaba a todos a participar del congreso pedagógico, porque consideraba que era una oportunidad histórica que no debía desperdiciarse. Estaba en línea con quien fuera fundador y presidente del CONSUDEC (Consejo Superior de Educación Católica) Hno. Septimio Walsh, de feliz memoria y una eminencia en el campo educativo. Cuando Septimio falleció el 2 de julio de 1990 a los 76 años, lo sucedió Daniel Múgica, pero el pobre hombre duró muy poco en el cargo. Un contubernio de las corrientes ultraconservadoras  volvió a la carga  y lo desplazaron. De esa manera se perdió la oportunidad de lograr lo que se propuso el Congreso, elevar el nivel educativo de nuestro país. Lamentablemente, todo se derrumbó. No hubo acompañamiento y la Argentina volvió a perder otra vez el tren de la historia en materia educativa

Quiero rendir homenaje al Hno. DANIEL MÚGICA (con mayúsculas) un hombre inteligente, capaz y valiente que marcó una época donde la intolerancia mediocre de unos pocos, se impuso sobre las mayorías, impidiendo la apertura de una educación libre, abierta, despojada de toda arbitrariedad y sujeta a la diversidad del conjunto de los argentinos.

El Hno. Daniel Múgica (Román) falleció en 2002 y sus restos descansan en el cementerio de Venado Tuerto.

Hno. VICTORINO

El Hno. Victorino fue mi maestro de 6º grado, el último de la primaria. Era un español bajito, calvo y simpático; y sobretodo, muy capaz. A mediados del año 1955, en plena efervescencia del conflicto gobierno-iglesia, los pupilos nos contaban que Victorino vivía obsesionado escuchando  “Radio Colonia”, la legendaria emisora uruguaya que emitía noticias que no trascendían en la Argentina. Esta emisora repetía las noticias una y otra vez hasta el cansancio, agregando una o dos noticias actualizadas. Las demás eran repetición. Pero esa obsesión la teníamos todos los argentinos. Años después, durante los sucesivos gobiernos de facto o durante el gobierno de Isabel Perón, todo el mundo se prendía a Radio Colonia. Era un clásico.

Por lógica, Victorino hablaba el español castizo, y algunas palabras comunes tienen para nosotros significados picarescos. Una vez estaba dando una clase relacionada al medio ambiente y ponía como ejemplo lo que se observa en la atmósfera cuando se filtra un rayo de sol y se reflejan los “polvitos” flotando en el aire. ¡Para qué habrá dicho “polvitos”! Todos comenzamos a reírnos y se recontra calentó, porque él sabía de su doble intencionalidad. No era ningún pelele. En otra oportunidad hablaba sobre las conchas marinas. ¡Otra vez las carcajadas! Siempre recuerdo su reacción: “¡Por favor! ¡No seáis mal intencionados! ¡No uséis mal mis palabras!” como diciéndonos “no soy ningún boludo, yo sé muy bien lo que pensáis”.

Cuando estaba cruzado, repartía los cuadernos desde el pupitre, arrojándolos a cada uno sin moverse de su lugar, como si fuera un disco. Volaban los cuadernos de una punta a la otra, y si algún cuaderno tenía un papel suelto, planeaba por los aires a mitad de camino. ¡Eso nos divertía mucho!

Victorino era auténtico, por eso todos lo queríamos. Y digo esto, porque nos trataba como muchachos mayores, no como niños, aunque hoy digo que éramos una manga de pelotudos, porque hacíamos cosas propias de imberbes. Victorino no era ningún fantoche, por eso le teníamos respeto.

El Hno. Victorino falleció en 1977 y sus restos descansan en el Cementerio de Venado Tuerto. Un grato recuerdo para él.

OTROS PROFESORES RELIGIOSOS Y LAICOS

Hubo una camada joven de religiosos que hicieron sus primeras armas en el colegio de Venado. Entre ellos estaba el Hno. José María, (Pedro Sebastián Herlein † 12/11/15) y su hermano, el inefable Gregorio alias “el Goyo”.  El primer maestro que tuve en el colegio precisamente fue el hermano José María, el que a mitad de año fue reemplazado por el hermano Miguel,  (Jorge Reimundo Domé) hermano de Víctor (Juan Carlos Domé). Miguel se ordenó sacerdote en 1974 y falleció en Venado Tuerto en el año 2007.
Por su parte, el Hno. Víctor  en el secundario era profesor de geografía. Las explicaciones eran tan claras y precisas, que no hacía falta estudiar la lección, bastaba prestar atención a su exposición y retener lo explicado. Como él hubo muchos profesores de gran nivel pedagógico como Tomás Vasconi, un excelente profesor de historia; el Hno. Ceferino, alias “el hueso” extraordinario profesor de lengua y literatura a quien le debo mucho de lo poco que sé de esta materia.

El Hno, Benito, excelente profesor de ciencias naturales, callado, mesurado, infundía respeto. No era de conversar con los alumnos, lo que no quiere decir que no fuera afable y de buena onda. Al contrario. Era serio pero muy condescendiente con el alumnado. No se calentaba para nada y jamás hacía comentarios sobre si la lección fue buena, mala o regular. Eso lo decía después la nota que nos aplicaba. Una gran persona.

No puedo cerrar este capítulo del colegio sin mencionar a otros buenos profesores que tuvo el Instituto. Un recuerdo especial para los Hnos.: Cirilo (“el pescado”), alegre y divertido, nada lo hacía enojar, al contrario, le encontraba el lado cómico a todas las cosas († 1989), Gonzalo († 1986), alegre y simpático, los alumnos lo querían mucho; Nazario, excelente matemático (siempre hurgando su nariz); Venancio, († 1955)  fundador del colegio, me dio clase en 5º grado durante 4 meses; Aurelio (apodado "Mongo"), también de carácter jovial († 1982 - España), Leoncio (gran deportista; maestro de esgrima y tiro al blanco),  Eulogio Gabriel (siempre sonriente y de buen humor).

RECLUTAMIENTO
Los hermanos siempre andaban reclutando aspirantes para el seminario. Fue durante los días de duelo por el fallecimiento de Eva Perón, cuando una tarde llegó a mi casa para hablar con mis viejos el hermano Bernardo († 1977), un gallego bajito y morocho. Quería que mis viejos me autorizaran para ingresar al seminario. El tema les cayó de sorpresa a mis viejos que nunca habían hablado conmigo sobre esa posibilidad. No obstante el cura fue atendido de lo mejor y quedaba todo supeditado a mi decisión (tenía entonces 10 años) y todo quedó ahí, sin resolución.

En realidad, mi viejo no estaba convencido sobre mi incorporación al seminario y jamás me sacó el tema para conversarlo, por lo que deduzco que no le gustaba la idea para nada. La que sí deslizó un comentario fue mi madre, que me manifestó que “si alguna vez” pensaba ingresar al seminario, a ella le gustaría que lo hiciera al de los padres pasionistas de Capitán Sarmiento, donde la mayoría de los curas y religiosos eran de origen irlandés. Como verán, prevalecía la idea de que “si es irlandés, mejor”.

Sin embargo este silencio de nuestra parte no convenció a los del Sagrado Corazón, que nuevamente volvieron a la carga, pero no obtuvieron éxito. No había en la familia mucho entusiasmo y nadie alentó mi supuesta vocación, creo que sin expresar lo contrario, el silencio lo decía todo. Agradezco a mis padres no haberle dado manija al asunto, porque mi vocación no era precisamente la religiosa.








[1] Mons. Carlos María Cafferata, obispo auxiliar de Rosario, el 11 de julio de 1961 fue trasladado por Pablo VI a la sede diocesana de San Luis, de la que tomó posesión el 30 de septiembre de 1961. Falleció el 6 de julio de 1971.

[2] La novela de George Orwell presenta un futuro en el que una dictadura totalitaria interfiere hasta tal punto en la vida privada de los ciudadanos que resulta imposible escapar a su control. 
[3] Para el himno original del club River Plate se adoptó la música de esta canción. Se puede escuchar en youtubre: https://youtu.be/AKSCDMkT9No